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November 6th at 7:16pm

El Virus del Perfeccionismo

Hola humano,

 

Bienvenido a un cortodocumental de MarginalMedia

 

Había una vez un joven estudioso de la ciencia llamado Aylmer. Aylmer se casó con una hermosa joven llamada Georgiana. Tras la boda Aylmer comenzó a obsesionarse con una pequeña marca de nacimiento roja en la mejilla de su hermosa esposa. 

 

Para él, la marca de nacimiento le impide alcanzar su belleza perfecta; la percibe como un signo del "defecto fatal de la humanidad ... [un] símbolo de la propensión de su esposa al pecado, el dolor, la decadencia y la muerte". Georgiana aprende a verse en el espejo distorsionado de la mirada de su marido y llega a compartir su horror por la marca de nacimiento. Ella le ruega que utilice su ingenio para corregir “lo que la Naturaleza dejó imperfecto”.

 

Aylmer recluye a su mujer en su laboratorio y la somete a varios brebajes alquímicos. Mientras ella está enclaustrada, Georgiana lee el diario científico de su marido, sólo para descubrir una letanía de decepciones: “Por mucho que él había logrado, ella no podía dejar de observar que sus éxitos más espléndidos eran casi invariablemente fracasos para él, al compararlos con el ideal que él se había marcado ".

 

Georgiana no se atreve a sacar la conclusión obvia: la obsesión mórbida de su marido con su "defecto fatal" es un desplazamiento de su desilusión consigo mismo. En cambio, se engaña a sí misma pensando que el horror de él por su imperfección es una noble expresión de amor. Aylmer destila una poción misteriosa con el sabor de "agua de una fuente celestial", que Georgiana bebe. La marca de nacimiento desaparece, pero tan pronto como lo hace, Georgiana muere.

 

"La marca de nacimiento", este cuento de Nathaniel Hawthorne escrito en 1843 está hoy más presente que nunca

 

No hay mucha diferencia entre la fantasía de Aylmer en su laboratorio subterráneo y quien muere o queda mutilado tras una operación de cirugía estética en la República Dominicana o Turquía. Este vídeo va sobre una marca de nacimiento, un virus que ataca nuestras sociedades modernas. Se propaga entre amigos, de padres a hijos, se propaga en las redes sociales; nos debilita, nos agota, nos enferma, puede llegar a matarnos. Nos impide vivir una vida normal. Un virus tan arraigado en nosotros que incluso cuando parece que lo hemos superado resurge en una nueva variante. Es el virus del perfeccionismo, que te impide vivir la vida que tienes por poner tanto esfuerzo intentando crear otra vida que quieres que sea, pero no tienes.

 

Vamos con el vídeo

 

El Virus del Perfeccionismo

 

¿Por qué no nos vale ser gente ordinaria? ¿Por qué hemos de ser más felices, más ricos y estar más en forma?

 

Entre las enseñanzas que nos está dejando esta pandemia, hay alguna que parece que ya olvidamos: como la de que podemos permitirnos relajar más y exigirnos menos. Cuando se iniciaron las cuarentenas muchos dejamos de lado las demandas perfeccionistas que nos imponemos. Instituciones y empresas se adaptaron al trabajo desde casa, y muchos vimos una pausa en la carga de trabajo, una ruptura con la vigilancia constante y una oportunidad para recalibrar nuestras prioridades. Adoptamos placeres simples - hornear, leer, hablar, caminar cuando podíamos - y parecíamos optimistas sobre nuestras relaciones con la pareja y la familia.

 

De pronto nos aceptábamos más a nosotros mismos. Algunos nos conformamos con producir un trabajo que no estuviese a la altura del que hacíamos antes, algo así como una retribución por tantas horas y esfuerzo no remunerado acumulado a lo largo de los años. Relajamos. Las restricciones nos abrieron la mente a todo lo que estábamos perdiendo: jardinería, salir a dar una vuelta en bicicleta con la pareja, o jugar juegos de mesa con los hijos. 

 

Pero después de ¿seis semanas?, ese estado de ánimo de indulgencia comenzó a desvanecerse y las viejas exigencias castigadoras resurgieron.

Como el propio virus ahi fuera, el perfeccionismo se había adaptado a las mismas condiciones que habían comenzado a neutralizarlo. 

 

La relajación dio paso a la vigilancia. La competitividad laboral se adentró en casa. ¿Están monitoreando el tiempo que paso en videoconferencias? ¿Quién puede ser más productivo bajo estas presiones adicionales?

 

Comenzamos a implementar regímenes de acondicionamiento físico más estrictos, atención más vigilante a la educación en el hogar de los hijos… Nos volvimos más irritables y frustrados con socios y colegas. Nos auto examinamos más. Era como si la relajación había estado bien pero ya era hora de volver a ponernos serios. El perfeccionismo había vuelto, tan seductor e implacable como antes. Su persistencia nos indica que es algo profundamente arraigado en la condición humana. 

 

Y así es, el perfeccionismo siempre ha estado ahí. 

Primero con la religión, al menos en sus variantes monoteístas, en las que en todas se encuentra alguna versión de un origen en el que somos seres creados divinamente pero caídos en la desgracia del pecado y la mortalidad; y nuestras vidas son un intento de recuperar nuestra perfección perdida. (A pesar de que la religión también tiene el propósito antagónico y complementario de que esa lucha por la mejora moral y espiritual va de la mano con el reconocimiento de que somos imperfectos y la perfección sólo le pertenece a Dios.)

Luego, cuando tras el advenimiento de la sociedad industrial se aflojaron los lazos de la religión; con Nietzsche descubriendo que tras “matar” a Dios los humanos no podíamos vivir sin él, inventamos los nuevos dioses:  la cultura, la ciencia, el comercio, el estado, y el yo.

Desde la provocativa defensa de Emerson de la "autosuficiencia" en 1841, pasando por el auge de la industria de la autoayuda en la década de 1930, hasta este surgimiento de cultura de selfies de hoy, la individualidad se considera nuestro mayor valor y el objeto de nuestro esfuerzo. 

El perfeccionismo de hoy se refleja en la mejora educativa, estética, financiera y la necesidad de validación de los demás. El imperativo hacia la perfección sigue siendo tan potente y omnipresente como siempre. 

 

En un artículo de 2017, dos psicólogos británicos, Thomas Curran y Andrew Hill, atribuyeron un aumento exponencial del perfeccionismo entre la generación más joven a los "parámetros sociales y económicos cada vez más exigentes" en los que les ha tocado vivir. También culparon a “prácticas parentales cada vez más ansiosas y controladoras”.

 

Los mercados laborales superpoblados, en particular los de empleos creativos y profesionales deseables, así como las viviendas inasequibles, están impulsando a los jóvenes y a sus padres a esforzarse cada vez más para asegurar una ventaja competitiva. Así se adentran en pasantías no remuneradas, capacitaciones adicionales o algún otro ajetreo secundario.

 

Al vincular la propagación de la ansiedad perfeccionista con la atmósfera de precariedad y competencia conjurada por el libre mercado, estos psicólogos anticiparon una crítica de la meritocracia por parte de Michael Sandel, un filósofo estadounidense. En “La tiranía del mérito”, publicado en 2020, Sandel sostiene que el capitalismo meritocrático creó un estado permanente de competencia dentro de la sociedad, que corroe la solidaridad y la noción de “bien común”. Este sistema mantiene un orden de ganadores y perdedores, generando “arrogancia y autocomplacencia” entre los primeros y una autoestima crónicamente baja entre los segundos.

 

En una cultura así, es probable que los jóvenes se sientan insatisfechos tanto con lo que tienen como con lo que son. Las redes sociales crean una presión adicional para construir una imagen pública perfecta, exacerbando nuestros sentimientos de insuficiencia.

 

En ausencia de sentimientos intrínsecos de valía, un perfeccionista tiende a medir su propio valor con medidas externas: expediente académico, destreza atlética, popularidad, logros profesionales. Cuando no cumple con las expectativas, siente vergüenza y humillación.

 

Este peso de las expectativas de la sociedad no es un fenómeno nuevo, pero se ha vuelto particularmente agotador en las últimas décadas, tal vez porque las expectativas mismas son tan variadas y contradictorias. El perfeccionismo de la década de 1950 se arraigó en las normas de la cultura de masas y se plasmó en famosas imágenes publicitarias de la familia estadounidense blanca ideal que ahora parecen auto-satirizantes.

 

En esa época, el perfeccionismo significaba adaptarse a la perfección a los valores, el comportamiento y la apariencia: confianza cincelada para los hombres, cortesía recatada para las mujeres. El perfeccionista estaba bajo presión para parecerse a todos los demás. Los perfeccionistas de hoy, por el contrario, sienten la obligación de destacar a través de su estilo e ingenio idiosincrásicos si quieren hacerse un hueco en la economía de la atención.

 

La demanda de perfección puede ser asfixiante. Un perfeccionista también puede encontrar fuerza en esa demanda de perfección, sentir que sus logros son lo único que lo mantiene unido. Cuando estamos abrumados por la vida y nos regañamos por nuestras deficiencias, una puntuación estelar en una prueba o mil me gusta en Instagram pueden dar la sensación fugaz de que todo está bajo control. Pero esa es una sensación que se desvanece rápidamente y requiere una renovación constante. Eso es lo que nos impulsa a querer una vida que no tenemos y nos impide vivir la vida que tenemos 

 

En 1990, Randy Frost, un psicólogo estadounidense, desarrolló 35 preguntas diseñadas para medir el perfeccionismo. Su “escala de perfeccionismo multidimensional” distingue entre tres amplios tipos de perfeccionismo.

 

El primer tipo es el perfeccionismo orientado a uno mismo, un estribillo repetitivo que insiste en que debes hacerlo mejor. Genera una obligación muy motivadora, pero en última instancia agotadora, de convertirse en una versión idealizada de uno mismo: más feliz, más en forma, más rico (todos esos adjetivos comparativos que encuentras a menudo en las portadas de los libros de autoayuda). Es el que nos impulsa a castigarnos por comer un dulce o pasar una noche viendo seriales en lugar de trabajar. Provoca una autolaceración constante por no haber alcanzado una meta o un estándar exigente que nos habíamos fijado, y generalmente amplificada por la creencia de que alguien más que conocemos, un colega, amigo o hermano, habría reunido el esfuerzo o la astucia necesarios para tener éxito

 

El segundo tipo es el perfeccionismo prescrito socialmente, que nos deja tratando de estar a la altura de las expectativas de los demás. Esto a menudo se expresa en fantasías de crítica, ese monólogo interno que nos dice cómo debemos ser y qué debemos hacer. Oímos desaprobaciones sarcásticas de nuestros modales insuficientemente corteses, ropa fea o conversación aburrida.

 

En tercer lugar, viene el perfeccionismo orientado hacia los demás, proyectamos hacia afuera el estribillo repetitivo exigiendo que quienes nos rodean también estén a la altura de nuestros ideales imposibles. Esto es más nocivo cuando se maneja como un instrumento de poder: el padre que le pregunta a su hijo por qué obtuvo solo nueve sobresalientes y no 10, o el jefe que no entiende por qué su empleado no puede simplemente controlar la gripe. El perfeccionismo orientado hacia los demás es casi siempre proyección, encontrar fallas y decepciones en los demás que no podemos soportar ver en nosotros mismos, bajo la endeble apariencia de una crítica autorizada.

 

Las Categorías de Frost están muy bien pero tan pronto como nos encontramos con personas reales, es difícil distinguir entre ellas. El imperativo de ser más delgado o más inteligente a menudo se alimenta de un coro de voces internas y externas. Es fácil ver cómo los sentimientos de autocrítica pueden canalizarse hacia la crítica de los demás.

 

El perfeccionismo es resbaladizo. Clínicamente se refleja en un abanico vertiginoso de síntomas: depresión y ansiedad, trastornos obsesivos, narcisismo del tipo “piel fina” (cuando una grandiosidad proyectada encubre una fragilidad intensa), enfermedad psicosomática, pensamientos suicidas, dismorfia corporal y trastornos alimentarios. El perfeccionismo tiene una capacidad camaleonica para adaptarse a diferentes tipos de personajes y vulnerabilidades, por lo que quizás nunca se ha clasificado como un trastorno mental discreto.

 

Es difícil combatirlo, los "padres helicópteros", aquellos que supervisan de manera opresiva las actividades académicas y extracurriculares de sus hijos, seguramente contribuyen a las ansias perfeccionistas de estos. Pero los padres que no intervienen y mantienen una distancia más respetuosa con la vida de sus hijos puede inducir en ellos un profundo anhelo por el tipo de reconocimiento que piensan que sólo puede obtenerse mediante la acumulación interminable de logros. Es difícil saber cómo criar un hijo. El niño que siente que no puede ganar, que sus mejores esfuerzos en un deporte o un examen sólo va a atraer las críticas molestas de sus padres, se verá afectado por un deseo permanente de hacerlo mejor. Sin embargo, el niño cuyo padre le asegura que cada garabato o aprobadillo es un logro histórico también puede llegar a sentirse bajo una presión constante para estar a la altura de los logros de sus primeros años. Cualquiera que sea la forma en que los padres aborden la crianza de los hijos, puede terminar avivando la necesidad desesperada de estos por complacer y crearles una dificultad de por vida para distinguir lo que quieren ellos de lo que quieren sus padres.

 

Hay algo profundo en la estructura de la psique humana que nos empuja hacia el perfeccionismo. Independientemente de cómo nos eduquen, interiorizamos un ideal de la persona que aspiramos a ser. Lo que los psicoanalistas llaman el ideal del yo, una imagen del yo perfecto que, de niños, veíamos reflejada en la mirada de adoración de nuestros padres o cuidadores. Pero en ese momento de nuestra vida también adquirimos un superyó, la voz interiorizada de un padre duramente crítico, que típicamente es amplificada mucho más tarde por otros adultos en posiciones de autoridad como maestros o jefes. Ambas personas que habitan en nuestra psique pueden sentirse acusadoras. El perfeccionismo surge del amor propio y la humillación propia.

 

Resumiendo, que el perfeccionismo es un virus esquivo que muta dentro de nosotros y es imposible saber exactamente por donde nos va a pillar y cómo se va a manifestar. Hemos de tener muy presente que el deseo de ser perfecto nunca puede ser "normal". El anhelo de algo que es intrínsecamente imposible sólo puede resultar en sentimientos de frustración e insuficiencia. Pero, pocos de nosotros querríamos renunciar a la ambición de desarrollarnos y crecer. Dejarnos llevar por nuestra curiosidad, aprender, mejorar… pocos motivadores hay como estos para sentirnos libres ¿Cómo podemos entonces proteger la aspiración a mejorar de las incursiones del celo perfeccionista? No hay respuestas fáciles. Algo acerca de ser humanos hace que sea difícil sentir que hemos hecho, o somos, lo suficiente. No estamos dispuestos a apagar la esperanza de que, algún día, seremos reconocidos como excepcionales: el ser perfecto que nuestros padres una vez colocaron en un pedestal. Serge Leclaire, un psicoanalista francés, planteó la intrigante idea de que la vida nos impone la tarea de matar metafóricamente a este maravilloso niño. Debemos renunciar continuamente a la fantasía de un yo ideal y lamentar su imposibilidad.

 

Puede parecer que la búsqueda de un perfeccionismo profesional, romántico, físico o moral nos impulsa hacia el éxito como adultos. Pero en verdad es una actitud fundamentalmente infantil. Nos infunde la convicción de que la vida termina cuando renunciamos a la esperanza de convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Y ésa es la trampa, ése es el virus del perfeccionismo, ésa es nuestra marca de nacimiento; porque esa renuncia es el momento en que uno puede comenzar a vivir

 

Hasta la próxima, La Paz

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Categoría: Aprendizaje
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