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July 9th at 6:54pm

Covid-19 y El Futuro de las Ciudades

Hola humano,

Bienvenido a un cortodocumental de Marginal Media,

 

Yo me crié en internados alejados de las ciudades desde los 7 años de edad. Asi que cuando con 18 años recién cumplidos fui a la capital en busca de fortuna y una carrera pueden ustedes imaginar el cúmulo de sensaciones tan variadas e intensas que experimenté. La que más me impactó fue la sensación de libertad desde el mismo instante que pisaba la calle. Cada vez que bajaba las escaleras de una entrada de metro para coger el tren subterráneo me parecía una aventura. Verme rodeado de desconocidos, sin nadie que me pidiese cuentas o a quien tener que dar explicaciones de cómo me vistiese o mis acciones era algo que no había experimentado nunca. Me cautivó. Y no por ser joven, la misma sensación de libertad experimentó mi madre cuando se trasladó a la capital ya con 60 años.

 

Dos son los factores principales que influyen en la migración humana: identidad e ingresos. Quienes pueden permitirse mudarse a las ciudades a menudo lo hacen por oportunidades de trabajo, pero también están buscando un lugar que refleje quiénes son y qué les interesa.

 

El alma de una ciudad es el embrujo de la posibilidad. El juntarse con gente, el perderse entre la multitud de un concierto, la novedad imprevisible en torno a la mesa de un café, la oportunidad inesperada de un trabajo o un negocio… Si a una ciudad le taponas la vena de su actividad, ¿en qué se queda? Pues eso es precisamente lo que estamos preguntándonos ahora porque ese es el efecto que el coronavirus está causando en nuestras ciudades

 

¿Va a a cambiar esta epidemia nuestras ciudades? ¿Y de ser ése el caso, cómo? Esas son las preguntas a la que intentamos dar respuesta en este cortodocumental

 

Covid-19 y El Futuro de las Ciudades

 

Quiero comenzar desmintiendo algo antes de que llegue a convertirse en un mito urbano, caso de que ya no lo sea: A pesar de que el 95% de los infectados por el coronavirus vivan en núcleos urbanos, las ciudades no fomentan inevitablemente epidemias explosivas, los riesgos de enfermedades infecciosas no hacen que las ciudades sean peligrosas.

 

¿Por qué surge este malentendido? Porque si pandemias como ésta se transmiten por contagio humano, parece lógico asumir que allá donde se dé mayor densidad de población se incrementará el número de afectados: y esas son las ciudades. No hay mas que mirar a Nueva York la ciudad más poblada de los EEUU, y con casi 11.000 habitantes por kilómetro cuadrado la segunda más densamente poblada del país. Y es la que mayor número de infectados tiene con diferencia. Así que a mayor densidad de población mayor riesgo de contagio ¿No? Pues no, necesariamente.

 

Porque si miramos dentro de Nueva York, Manhattan, cuya densidad de población es más del doble que cualquiera de los otros cuatro distritos de la ciudad, tiene la tasa más baja de infección, y Staten Island el distrito menos denso de todos con diferencia, (9 veces menos denso que Manhattan) tiene la segunda tasa más alta de infección de toda la ciudad.

 

No es la densidad de población lo que propaga la enfermedad. Es la pobreza. El hacinamiento de los hogares, la segregación económica racial y la participación en la fuerza laboral. No es que haya demasiada gente en las ciudades, es que muchos de los que hay son pobres, miembros de poblaciones marginadas y viven hacinados en espacios reducidos. En Nueva York la epidemia esta matando el doble de latinos que de blancos y el doble de gente de color que de blancos. En el mundo más de 1000 millones de personas viven en condiciones de hacinamiento en las ciudades. No es en la ciudad donde la epidemia explota, es en estos núcleos.

 

Si fuese por población y densidad no se entendería que durante la epidemia de Gripe española, Alaska fuese el estado con mayor número de fallecidos per cápita de Estados Unidos, y el segundo del mundo tras Samoa 

 

Si fuese por población y densidad, ciudades asiáticas que han sufrido el virus como Singapur, Seul, Hong Kong, Tokio, incluso Wuhan con 11 millones de habitantes y donde la infección explotó primero, estarían ahora atiborradas de muertos y no lo están. No como Nueva York. No es la densidad la que propaga el virus, es la desigualdad, eso había que aclararlo porque nos va a ayudar para entender cómo evolucionarán nuestras ciudades.

 

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¿Van a reducir las ciudades su población o a aumentarla?

 

Algunas encuestas revelan que hasta el 40% de personas se están pensando ahora mismo el ir vivir a un suburbio, a una ciudad más pequeña, o al campo. Claro que “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Una cosa es pensarlo y otra hacerlo. Volviendo a Nueva York, unas 420.000 personas, alrededor de un 5%, ya han abandonado la ciudad desde que se inició la pandemia. Quienes pueden, por supuesto, los ricos, como se aprecia en el gráfico. Muchas de estas personas no es que quieran dejar la ciudad permanentemente solo piensan que de momento estarán más seguros, o más entretenidas, en otro lado.

 

La reacción es lógica. Tradicionalmente tragedias o recesiones económicas suelen espantar a los residentes de una ciudad hacia los suburbios en busca de lugares más seguros o asequibles donde vivir. Pero en cuanto los precios de la vivienda en la ciudad decaen un 10% o 20% siempre hay gente deseoso de volver a ellas.

 

Esta vez puede ser diferente porque la pandemia es una tragedia global, no nacional, y puede tener un impacto más duradero que una simple recesión económica. Para comparar efectos tal vez hubiese que retroceder en el tiempo hasta la Segunda Guerra Mundial, donde encontramos que entonces se produjo una tendencia de desurbanización de décadas. En EEUU, antes de la guerra, el 13% de los estadounidenses vivían en los suburbios. Para 1970, esa cifra había aumentado al 37%.

 

También hay que considerar que antes de la pandemia ya se venía produciendo una reducción de población en muchas de nuestras grandes ciudades debido al coste de vivir en ellas. Éxodo dado especialmente por milenials (a quienes tras las crisis económicas de 2001/2002 y 2008/2009, ésta es la tercera que les pilla). El atractivo de las ciudades se ha ido perdiendo en gran parte debido a las rentas disparatadas. Ya antes de la pandemia parecía que en las grandes ciudades solo quedaban gente rica, pobre, o jóvenes intentado salir de ellas. Esta tendencia de salida puede que ahora se intensifique y hay quien predice que puede durar unos 5 años. Pero a saber, porque si bien es cierto que muchas ciudades disminuyen su población, los altísimos precios en los centros urbanos se mantienen, lo que denota que también hay quien está dispuesto a pagar lo que sea por no renunciar a su sueño urbano y a los servicios del centro.

 

De momento está por ver el alcance del deterioro que aún se está produciendo. Buena parte de los empleos de la ciudad se dan en el comercio minorista, el ocio y la hospitalidad, todos ellos en primera línea de la pandemia. Si la crisis de COVID-19 dura cuatro meses hasta el 75% de restaurantes independientes podrían desaparecer. La pandemia está poniendo de manifiesto cuánto dependemos unos de otros en la ciudad: Los ricos necesitan mano de obra; los pobres necesitan capital. Y la ciudad necesita ambos. Estamos viendo la dependencia de la ciudad de los trabajadores esenciales y la dependencia de estos de los trenes y autobuses públicos para llegar a empleos en hospitales, supermercados y otros enlaces en la cadena de suministro. 

 

Considerando todo esto, y cómo nos afecta la pandemia en términos de cuarentena y distanciamiento social, pasamos a analizar que cambios van a producirse o deberían producirse en las ciudades para un mejor futuro.

 

 

CAMBIOS

 

Muchos de los cambios que nos esperan ya estaban produciéndose antes de la pandemia, ésta simplemente los va a potenciar: el cambio al trabajo en casa y la entrega virtual de servicios (algunas compañías que han hecho la transición al trabajo remoto contemplan hacer que el cambio sea permanente.), la digitalización del comercio minorista, el cambio a una economía sin dinero en efectivo, y la peatonalización de las calles. El auge de bicicletas y carriles para bicicletas, 

Los autos sin conductor y los esquemas de micro movilidad pueden volverse cada vez más vitales.

 

El transporte público va a tener dificultades para retener a los pasajeros sin ajustes de distanciamiento social así que va a tener que renovarse profundamente. Los trenes subterráneos, por ejemplo, pueden adoptar el pago de tarifas sin contacto, arreglos de asientos más espaciados e información en vivo sobre los puntos de congestión y reserva de billetes. 

 

Gracias al desarrollo tecnológico y de la inteligencia artificial ya comenzamos a ver un inicio de la economía robotizada tomando los puestos de trabajo de servicios y hospitalidad dentro de la ciudad. Si el miedo al contacto humano perdura (y es mayor que las alegrías que nos proporciona el servicio personalizado) esa economía se potenciará y avanzaremos hacia una visión distópica de nuestras ciudades.

 

En cualquier caso, el avance tecnológico será necesario para aumentar la productividad en lugar del uso de mano de obra barata y no cualificada que vive hacinada y es la que más propicia el contagio. (Lo que a su vez nos llevará a un mayor control de la inmigración)

 

Singapur es un ejemplo de esto. De sus 5.7 millones de habitantes, casi 1 millón son trabajadores semi-cualificados y no cualificados, eso incluye trabajadores domésticos extranjeros y aproximadamente 300,000 trabajadores migrantes. Esta gente vive en dormitorios de gran tamaño y trabajan en lugares abarrotados. Y estos han sido los mayores focos de infección durante la pandemia. 

 

Como guerreros que se recuperan de sus heridas para hacerse más fuertes, las ciudades aprenden de las epidemias que las debilitaron para resurgir tras ellas más fortalecidas.

 

>>> La primera gran ciudad planificada de los Estados Unidos, Filadelfia, lo hizo con lotes de terreno inusualmente grandes. Y eso fue porque su fundador, William Penn, había sobrevivido a la plaga bubónica que mató a uno de cada cuatro londinenses y al incendio de Londres que destruyo las viviendas de 70.000 de los 80.000 residentes de la ciudad. Penn no quería en su nueva ciudad ninguno de los peligros relacionados con el hacinamiento del Viejo Mundo.

 

Cuando un siglo después, aún siendo la capital de los Estados Unidos de América, un brote de fiebre amarilla exterminó a una décima parte de su población, Filadelfia resurgió con un una limpieza del alcantarillado, la creación de nuevos departamentos de saneamientos, y algo inexistente hasta entonces: la recogida de basuras por parte de la municipalidad. Los callejones fueron creados entonces para facilitar esa tarea.

 

Cuando en la década de 1850 el agua contaminada causó una epidemia de cólera en los Estados Unidos, ciudades por todo el país crearon sus agencias de salud pública y planificación urbana. Nueva York creó el primer parque público del país, Central Park, bajo la premisa de que un espacio urbano abierto mejoraría la salud humana y ambiental. El gran embalse del parque fue diseñado con el propósito de abastecer de agua fresca y limpia el corazón de la ciudad. Y desde entonces el desarrollo de viviendas se planificó con un crecimiento asociado a los fondos para alcantarillado y líneas de agua. Es este mosaico de directivas de desarrollo el que vino a compilarse en el primer código de zonificación de una ciudad en los EE. UU. A Nueva York le siguieron muchas otras ciudades tomando el control del uso de la tierra para vencer a los patógenos transmitidos por el agua como el cólera y la poliomielitis.

 

No son sólo las infraestructuras que cambian, también lo hacen las instituciones. La historia nos enseña que las crisis generalmente provocan nuevas agencias e instituciones gubernamentales. Estados Unidos creó el Departamento de Seguridad Nacional después de los ataques del 11 de septiembre y la Oficina de Protección Financiera del Consumidor luego del colapso de la vivienda en 2008-2009. Nuestros gobiernos van a tener que estar a la altura de este reto y crear nuevas instituciones que aborden la devastación económica que la epidemia está causando y minimicen el impacto de la siguiente.

 

Los sistemas de salud saldrán reforzados. Se modernizarán los edificios y espacios públicos para el distanciamiento social. Se introducirán pruebas masivas de contagios y rastreo digitales. Algo que ya mismo estamos experimentando.

 

Se construirá más y mejor. Esta pandemia está exponiendo la calidad de la gobernanza y la escala de esas desigualdades que están propiciando el contagio. Planificadores urbanos tendrán que actualizar sus políticas de zonificación y promover la densidad inteligente y una inversión más ecológica.

 

No se trata de crear espacios abiertos por todas partes, pues eso es insostenible para una gran urbe que se precie de sus servicios. Sin impuestos sobre la propiedad y otros ingresos que vayan a parar a los gobiernos locales para proveer los servicios que las comunidades necesitan la ciudad no es sostenible.  Lo sostenible, el futuro, es construir más viviendas y más densas; viviendas de ingresos mixtos, más inclusivas, acercando los pobres y los ricos, la mano de obra y el capital. Mayor densidad pero menos hacinamiento, menos segregación de hogares en líneas raciales, menos marginación.

 

Las ciudades son el banco de pruebas perfecto para nuevas innovaciones. Ciudades como Amsterdam en Nederland ; Bristol, en Inglaterra;  Melbourne en Australia, ya estaban desarrollando planes que dan prioridad a la economía circular, la resiliencia climática y una intolerancia radical a la desigualdad.

 

Barrios más diversos, con viviendas asequibles y con más servicios descentralizados proporcionan mayores oportunidades de trabajo para todos. Más seguridad y poder económico para los más desfavorecidos que a su vez son capaces de pagar mayores impuestos para sostener los servicios. Lo que a su vez permite a las instituciones públicas desconectar de la riqueza privada con menos espacio para la corrupción.

 

Para construir barrios mas diversificados, podemos aprovechar el impulso de familias con niños y gente más vulnerable que deseen moverse hacia los suburbios y dejar el centro de la ciudad para los mas ambiciosos y aquellos jóvenes que no quieren renunciar a él. Los milenieals no están desencantados de la cuidad, lo están de pagar alquileres insufribles. A los centros de nuestras ciudades no les vendría mal un centro como el de de la capital que yo conocí. Un centro que aún no había sido gentrificado por inversiones especulativas. Un centro vibrante de vida e ideas, nido de artistas y bullente de escenas creativas. Donde aquellos que contribuyen a crear el atractivo de la ciudad no sean empujados fuera de ella.

 

Esta crisis es un oportunidad para eso y para atacar uno de los mayores retos pendientes de nuestra sociedad ya existentes desde hace tiempo: el superar la dependencia del uso del automóvil. El camino hacia la recuperación de esta pandemia corre por nuestras calles. Podemos traer de vuelta las ciudades sin traer de vuelta el tráfico, la congestión, la contaminación y las 3700 personas que mueren en accidentes de tráfico a diario. Podemos recuperar y restablecer nuestras calles para mover a las personas a pie, en bicicleta o en transporte público, y hacerlo de manera segura, asequible y fácil, sin importar dónde vivan en la ciudad. Y tenemos la oportunidad de brindarles a los residentes de la ciudad una verdadera independencia en el transporte: opciones reales para moverse y la libertad de no necesitar un automóvil.

 

Aire más limpio, ciudades más habitables con métodos de construcción más baratos y flexibles, como la construcción de madera alta, que pueden reducir el costo de la vivienda y reducir drásticamente la huella de carbono de los nuevos edificios. Suburbios diseñados para reducir las emisiones contaminantes. Las innovaciones energéticas ya nos permiten construir vecindarios totalmente eléctricos que reduzcan el impacto climático y las facturas que hayamos de pagar por estos servicios. Suburbios donde la atención médica y la vivienda sean los servicios más importantes. Menos necesidad de transporte si uno puede ganarse la vida en su barrio. Mas trabajo en el hogar y desplazamientos más cortos. Alquileres más baratos. Oficinas recicladas en viviendas. Todos esos rascacielos de oficinas que pueden irse vaciando a medida que más gente trabaja desde casa y los servicios se digitalizan pueden ser viviendas que ayuden a proveer la inclusividad y reducir el hacinamiento que nuestras ciudades necesitan. Lo hecho con la Ciudad y el Puerto de Copenhague o el Centro de Cincinnati son ejemplos a seguir

 

El desafío al que nos enfrentamos no es si volveremos a lo que teníamos y si las ciudades sobrevivirán como las conocemos. El desafío es tener la imaginación y la visión para transformar las calles y lograr ciudades más seguras, más accesibles y más preparadas para la próxima pandemia. Esta es una oportunidad para corregir muchas cosas que nos estaban llevando a la autodestrucción.

 

¿Declive o resurgimiento de nuestras ciudades? ¿Que nos espera? 

Si el miedo a la enfermedad se convierte en la nueva normalidad, las ciudades podrían tener un futuro antiséptico y soso, tal vez incluso uno distópico. Pero si las ciudades del mundo encuentran formas de adaptarse, como siempre lo han hecho en el pasado, su mejor época aún puede estar por delante.

 

Si aprovechamos esta oportunidad para construir mejor, las ciudades no solo se recuperarán, sino que brindarán mayores oportunidades que antes de esta pandemia. Pero para llevar adelante la visión de una ciudad inclusiva que sea buena para todos es necesario un cambio institucional radical. Y ese ya es otro tema,

 

Hasta la próxima,

 

La Paz

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Categoría: Actualidad
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