Lágrimas en Manaos: una desgracia llamada Bolsonaro

Lágrimas en Manaos: una desgracia llamada Bolsonaro

Una de mis series favoritas de toda la vida es American Horror Story. Cada temporada es una mezcla de drama, suspenso y un crudo terror que te engancha a no querer dejar las temporadas a medias. Cult, la séptima temporada estrenada el 4 de octubre de 2016, es sin duda de las mejores. En ella, Ally Mayfair-Richards (protagonizada por Sarah Paulson), dueña de un restaurante local en una ciudad ficticia de Michigan (uno de los estados con más votantes por el partido republicano en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016), comienza a resultar afligida y a revivir traumas debido a la victoria de Trump, mientras en la misma ciudad, Kai Anderson (protagonizado por Evan Peters) un sociópata manipulador, tras disfrutar la victoria del empresario, empieza a reclutar desequilibrados mentales del sector en una secta donde él es el líder. Mediante dosis de nacionalismo, actos xenófobos y discriminatorios, busca hacerse con el poder estatal del pequeño núcleo urbano y así en un futuro ser gobernador de Michigan.

Tras terminarla, al igual que en su tiempo con la película alemana La Ola (Die Welle), la cual es un experimento escolar sobre si es posible un nuevo Tercer Reich (a lo que los estudiantes aseguran que no podría volver a suceder algo siquiera parecido), me hice la pregunta: ¿es posible un ultranacionalismo como el que llevó a Hitler al poder y al apoyo social y militar de la segunda guerra mundial? Mi respuesta siempre fue no. A pesar de la victoria de Donald Trump y de cientos de opiniones e historias 'chimbas' sobre si va a dejar en bancarrota a los Estados Unidos, va a iniciar la tercera guerra mundial o si va a invadir a Siria, Venezuela o Irán, siempre he pensado que Trump no tiene la valentía y la monumental estupidez para hacer actos semejantes. A pesar, no quita el hecho de que muchos de sus votantes -y seguidores a nivel global- sean irracionales, ultranacionalistas y no tengan la facultad de pensar como un ser humano normal.

Tras la llega de Trump pensé que ningún otro ultraderechista con pensamientos expansionistas y negacionistas llegaría al poder. Sentí miedo en las elecciones francesas por Marine Le Pen y otros políticos ultra nacionalistas en territorio europeo. Por fortuna nada crudo pasó. En 2016, mientras sucedía todo el drama estadounidense, en Brasil, Rousseff se caía por el presunto acto de corrupción en Petrobrás y el denominado ‘Escândalo do Mensalão’, el cual más allá de ser una caza contra miembros del PT y de partidos asociados a la izquierda brasileña, era la excusa perfecta para la caída de uno de los mayores líderes latinoamericanos, Lula da Silva. El escándalo que trascendió los escenarios políticos latinoamericanos y hasta el europeo (por coimas en Portugal) tenía algo claro: el fin de la izquierda brasileña, probablemente sudamericana y la llegada al poder de la ultraderecha brasileña.

Aquí hago hincapié en algo: al igual que con partidos políticos de izquierda, vociferar que una ideología política es mejor que otra es una estupidez y evidencia la falta de materia gris en el cerebro. Hay líderes y partidos de izquierda que no comparten ideas en pro de la sociedad, siendo retardatarios y opresores; líderes de aquel espectro político que asesinaron, desaparecieron y permitieron la muerte de millones. Al mismo tiempo hay líderes de partidos de derecha que tienen más ideas de libertad y respeto por los derechos humanos que los de ‘izquierda’; también, muchos de sus líderes han enriquecido, protegido y potenciado sociedades en sus tiempos. Aquí el dilema no es qué ideología o espectro político llegue al poder sino qué líderes e ideas, ética y hasta moral llegue a posicionarse en este. No es lo mismo comparar a líderes de izquierda sensatos como Bernie Sanders, Gustavo Petro, José Mujica, Frank-Walter Steinmeier o en su momento Nelson Mandela (quien hacía parte del partido nacionalista de izquierda sudafricano) y Álvaro Gómez Hurtado, a enfermos genocidas como Daniel Ortega, Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel o en casos radicales Rohaní y Kim Jong-un. Al igual que no es lo mismo presidentes y líderes de derecha como Erna Solberg, Angela Merkel y en su momento Barack Obama, que radicales retardatarios como Iván Duque, Sebastián Piñera, Vladimir Putin o Emmanuel Macron. Para gustos, los colores. Para sentido común, el conocimiento.

Casi nadie en 2016 y 2017 se imaginaba que un sujeto más ruin que Kim Jong-un, Trump, Duterte o Maduro podría llegar al poder y mucho menos en América Latina el cual a pesar de pestes socialistas como el Chavismo y el Sandinismo, y pestes ultraderechistas como el Uribismo, el Conservatismo colombiano, el Movimiento de Acción Nacional de Chile o el PRI en México, no se ha perdido el 100 por ciento de la razón. Pero la vida da muchas vueltas y Jair Messias Bolsonaro (probablemente el nuevo Mesías quien nos encaminará en el sendero de cristo), un militar retirado, político y empresario, llegó a la presidencia de Brasil, rompiendo todos los récords de este continente en el cual Jesucristo aparentemente estaba agonizando.

 

¡El Mesías nos salvará!

El Mesías, uno de los políticos más controversiales en América Latina, no solo por posiciones ultranacionalistas y conservadoras, sino por defender la dictadura militar brasileña de 1964 (una de las más crudas de América Latina, sólo superada por la chilena y la argentina), es homófobo, xenófobo, racista, antilibertario y probablemente misógino -por numerosas declaraciones públicas contra la mujer-. El ejemplo de la decadencia humana.

Bolsonaro es tan deplorable que en público homenajeó a Carlos Alberto Brilhante Ustra, quien fue el jefe del Centro de Operaciones de Defensa Interna el cual en la dictadura torturó a cientos de personas, incluyendo a la expresidenta Dilma Rousseff. Tan ruin es, que en una entrevista le preguntaron sobre cómo actuaría si un hijo suyo se enamorase de una chica afrodescendiente, a lo que respondió que eso ‘nunca ocurriría’ porque sus hijos están "muy bien educados". Tan decadente que en 2017 lo multaron por declarar que los afrodescendientes (los cuales son el 7,61% de la población brasileña) ‘no sirven para nada’ y que ‘ni como reproductores sirven’. Casi nadie tras verle vociferar incongruencias como diputado, pensó que podría llegar a ser presidente de Brasil, la novena economía del mundo. Ni siquiera tras el atentado que recibió en septiembre de 2018, cuando Adélio Bispo de Oliveira, lo apuñaló en numerosas ocasiones en Minas Gerais. Aquel atentado lo catapultó a la fama hasta ganar las elecciones convirtiéndolo en el 38º presidente de Brasil, ejerciéndolo desde el 1 de enero de 2019 hasta la fecha.

 

La decadencia

A finales de 2019, en un resumen de su primer año, Bolsonaro fanfarroneaba con que su gobierno no había tenido un solo acto de corrupción. Nada más lejano de la realidad pues el primogénito de Bolsonaro, Flavio Bolsonaro, a mitades de 2019 junto a un grupo de personas era investigado por malversación de fondos públicos y blanqueo de dinero, lo cual es un delito hasta en la galaxia Andrómeda. Misteriosamente las investigaciones fueron paradas por el Tribunal Supremo quien se hizo el de la vista gorda a pesar de denuncias internacionales, entre ellas el grupo antisobornos de la OCDE y Transparencia Internacional. El día de las declaraciones de Bolsonaro sobre su primer año, un periodista le increpó preguntándole sobre ese tema y el traslado de la embajada israelí a lo que pícaramente respondió el primer mandatario: “¿Pretendes casarte conmigo algún día? ¡No seas prejuicioso! ¿No te gusta el rubio de ojos azules?” Seguido de un grupo de risas de sus fieles adeptos que como groupies juveniles le siguen a todas partes. Tras la insistencia del periodista, este volvió a atacarlo con una frase que trascendió los medios internacionales: “usted tiene una cara de homosexual terrible.”

Los defensores de Bolsonaro, quienes se comportan junto a él como los típicos Bullies de colegios públicos, aseguran que este propulsó la economía en 2019, y si bien es cierto, ¿a qué costo? Un ejemplo claro de los traspiés que lleva a cabo Bolsonaro en el Brasil es la tragedia de Brumadinho, cuando un dique minero de aguas residuales de la mina Córrego de Feijão, propiedad de la minera Vale S.A, se derrumbó permitiendo una avalancha de miles de metros cúbicos de agua, barro y toxinas que arrasaron un trozo del municipio de Brumadinho, quitándole la vida a 157 personas y desapareciendo a 182 más. Bolsonaro llegó al poder y les dio carta libre a todas las industrias del país para multiplicar el dinero, hacerlo llover como si de la ‘Casa de Papel’ se tratase. La minería en Brasil que prácticamente no es controlada debido a actos de corrupción y vacíos legales permitió que el empeño por sacar minerales de la cuenca, pasara por encima del medioambiente y las comunidades. Nadie evito la tragedia que se llevó por delante más de 300 almas. La ferocidad de Bolsonaro en materia económica y sus traspiés económicos generó el desastre del Amazonas. Miles de quemas irregulares la cuales para Bolsonaro no eran nada. Solo madera que obstaculiza a ganaderos, mineros y petroleros para hacer crecer económicamente al país sin importar los ecosistemas.

La quema indiscriminada de bosques en Brasil entre enero y septiembre de 2019 fue tan polémica que millones que no tenían idea de quién carajos era Bolsonaro y de dónde ubicar a Brasil en el mapa, realizaron colectas, manifestaciones y trendings topics en Twitter y Youtube exigiéndole a los gobiernos del mundo ayuda al Amazonas y una presión política a Bolsonaro quien negligentemente se pasaba por el trasero la vida de comunidades indígenas, especies y ecosistemas. Nadie quería la impunidad frente a la quema de los ‘pulmones del mundo’.

Y, ¿cuál fue la respuesta del Mesías?, culpar a las ONGS, sugiriendo que estas estaban detrás de las quemas; insultar a Emmanuel Macrón en redes sociales y burlarse de su esposa diciendo (entre líneas como el hipócrita) que es ‘fea’. Se negó a recibir ayuda internacional, a pesar de la presión, y desprestigiar a ambientalistas brasileros acusándolos de permitir una futura invasión en territorio brasilero por parte de gobiernos internacionales (sí, yo también quedé estupefacto). Esa situación llevó en mayo de 2019 a todos los exministros de ambiente vivos del Brasil, a reunirse en São Paulo para denunciar que Bolsonaro estaría desmontando las políticas ambientales que se instalaron desde el fin de la dictadura para enriquecer a los de siempre.

Este compendio de desgracias, lamentablemente no acaban. En octubre de 2019, a Bolsonaro se le ocurrió la maravillosa idea de empezar a introducir, poco a poco, a miembros y ex de las Fuerzas Armadas en cargos públicos, asesoramientos o colectivos políticos. 2.500 militares y exmilitares ingresaron hasta la fecha a esos cargos, debilitando la democracia la cual, mediante las ramas del poder, debe estar separada para evitar intromisiones, corrupción o perpetuación en el poder. A muchos se les olvida que las Fuerzas Militares están para servir al pueblo, no para atornillarse al poder, preservar a unos pocos y enriquecerse.

La política de Bolsonaro pareciese ser una dictadura militar al estilo 2020.

 

El coronavirus en Manaos

Lo anterior nos lleva al desgraciado 2020. Nadie tras comerse las doce uvas el 31 de diciembre de 2019 se imaginó que el mundo iba a cambiar radicalmente. Cuarentenas, crisis económicas, un virus contagioso y mortal que amenaza la vida y los ecosistemas, y cómo no, evidencia la estupidez. Si bien en mi artículo ‘No te vas a morir de coronavirus’ publicado en Marginal.tv, -el cual puedes leer pinchando aquí-, intento bajar la histeria colectiva, no niego la gravedad del coronavirus: es contagioso y por cuestiones de probabilidad las personas de la tercera edad son más propensas a morir.

El coronavirus es grave y todos los líderes mundiales deben enfocarse en reducir a 0% las muertes el cual ha terminado con la vida de 321.459 vidas a nivel global hasta la fecha. Por consecuente, cuarentenas, controles y prácticas de pruebas masivas, se han implementado en casi la totalidad de los países con casos de Covid-19. ¿Quién con dos dedos de frente podría ponerse a jugar con la vida de las personas? Ah sí, Trump y Bolsonaro.

Desde el escándalo mundial por el coronavirus en marzo y el decreto como pandemia global por parte de la OMS, el Mesías, no ha hecho más que tachar al virus como ‘gripecita’ y que es un traspiés económico. Se ha enfrentado contra alcaldes y gobernadores (quienes según la Corte Suprema tienen la facultad constitucional de decidir si hay o no cuarentenas obligatorias en sus jurisdicciones), tachándolos de atentar contra el Brasil. Ha sido tanto el show que ha hecho contra las medidas para controlar el Covid-19 que tras destituir al ministro de Salud quien pidió fuertes medidas para enfrentar el virus, el domingo 19 de abril, junto a un grupo de personas leales a sus infantiles políticas, se concentraron frente a las instalaciones del Cuartel General del Ejército, exigiendo una intervención militar en el Congreso; haciendo declaraciones peligrosas como “hacer lo que sea necesario para que el país tenga el lugar que merece”. En fin, un golpista a toda regla. (Lea también un artículo de DARH en Marginal.tv al respecto: Bolsonaro insta a la población a romper la cuarentena).

Días posteriores al 19 de abril ha pedido a todos los brasileños manifestarse contra los confinamientos obligatorios regionales, ignorando que de no realizar controles sanitarios el país con 209 millones de personas podría tener un mayor auge en casos y mortandad como lo está experimentando Estados Unidos por las tardías medidas de Donald Trump. Mayor auge, ya que la calamidad ya tocó Manaos.

Manaos, una de las ciudades más grandes (en superficie) de Brasil y de América, con 11.401 km2, y casi 2 millones de habitantes, está recibiendo, junto a su área metropolitana duros golpes producto del Covid-19 y la estupidez gubernamental. La ciudad, capital del estado de Amazonas, ostenta el mayor índice de mortalidad en Brasil por el virus: 17.181 contagios y más de 1.200 muertes (según cifras del 16 de mayo de 2020).

El problema sobre un contagio masivo en Manaos y todo el estado de Amazonas es el mismo que se vive en Colombia con el departamento de Amazonas y su capital Leticia, y en Perú con el departamento de Loreto y su capital Iquitos: abandono estatal. Un abandono casi total del estado, que representa la ausencia de recursos económicos, ejercicio gubernamental, y la casi ausencia total de clínicas, hospitales y UCI, sin contar el poco interés de las autoridades por la vida de los habitantes. La situación es de absoluta calamidad debido a que parte de la población de Manaos y municipios aledaños, como pasa en Leticia y en Iquitos, (por ser cuencas del Amazonas) vive en territorio rural y selvático. Muchos de los habitantes de estas ciudades y poblaciones cercanas tienen que movilizarse en botes, a pie o en trochas (con camperos de los 80s, burros, yeguas o si hay suerte, caballos) por horas hasta llegar a un centro médico, los cuales en las tres poblaciones están saturados debido a la cantidad de contagiados con el virus. En Iquitos y cercanías, Vizcarra no ha hecho nada. En Leticia, Duque la militarizó. En Manaos y cercanías Bolsonaro no hace más que insultar periodistas.

A todo esto, se suma que el Amazonas es uno de los estados más pobres del Brasil, donde muchos de sus habitantes sobreviven con menos de $70 dólares al mes; donde 130.000 personas viven en condiciones de pobreza extrema sobreviviendo con menos de $26 dólares mensuales. Lo paradójico del caso es que Amazonas fue uno de los estados con mayor abstención electoral en las elecciones que dieron la victoria a Jair Bolsonaro, con un 21,39%. Sin contar que el 50,27% de los votantes, eligió a Bolsonaro por encima de Fernando Haddad. No soy adivino para saber qué sería del Brasil si Haddad hubiese ganado las elecciones presidenciales, pero es como si Amazonas y específicamente Manaos, haya votado por el verdugo que se ríe y tacha de locos a los periodistas, líderes comunales, ONGS, políticos y entidades internacionales que piden mayores medidas para contener el coronavirus en uno de los países más grandes, más habitados, más pobres y con peores condiciones sanitarias del mundo, Brasil.

Mientras en Manaos se llora a cientos de muertos y los habitantes cautos no sabe qué hacer para hacerle entender a sus vecinos las necesidades de cuidarse y evitar así mayores contagios, Bolsonaro mediante un decreto determina a las peluquerías y gimnasios como ‘actividades esenciales’, pulla a sus seguidores a concentrarse en calles, avenidas y entidades públicas a presionar la no cuarentena y a desprestigiar periodistas. Para agravar aún más la situación que de por sí ya es insostenible, su ministro de Salud Nelson Teichel cual llevaba menos de un mes en el cargo (tras la expulsión de Luiz Henrique Mandetta por sus peticiones de cuarentena nacional), renunció en las últimas horas debido a que Bolsonaro buscaba que modificara sus declaraciones sobre el uso de la cloroquina para tratar el Covid-19, el cual hasta el momento no tiene evidencia científica de que funcione.

Aquí es cuando el ‘avión se cae’ y los diferentes apoyos políticos de Bolsonaro empiezan a ‘saltar con paracaídas’ para evitar un estrepitoso choque contra el suelo y la futura arremetida de la población brasileña que no perdonará que ‘El Mesías’ haya permitido cientos de muerte por su estúpido escepticismo. Solo falta rogar que no siga creciendo el volumen de muertes en las próximas dos semanas el cual será el éxtasis, según expertos, de la curva de contagios.

 

-César Zalamea.

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 22/05/2020

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