La migración venezolana en Colombia

La migración venezolana en Colombia

La migración venezolana se ha convertido en una crisis humanitaria que padecen muchos países del mundo, en especial Colombia. Mi país limita al noreste con la República Bolivariana de Venezuela y esto precisamente es lo que hace más fácil el tránsito y acceso de venezolanos a territorio colombiano; territorio donde no existe un control eficiente por parte de las autoridades colombianas que deben regular dicho desplazamiento. Según cifras de Migración Colombia, 70.000 venezolanos transitan a diario (algunos para comprar hidrocarburos, víveres y medicinas, otros tantos para no regresar) por el puente internacional Simón Bolívar, siendo éste el punto fronterizo más emblemático entre ambos países, comunicando inmediatamente San José de Cúcuta, en Colombia, con San Antonio del Táchira, en Venezuela.

Este flagelo que ya se ha convertido en un problema de carácter humanitario no parece tener solución alguna, describe la tragedia de todo un tejido humano que se vuelca a las calles de manera cotidiana, buscando el famoso rebusque (como coloquialmente decimos en Colombia a trabajar en cualquier cosa para ganar dinero), para subsistir y sobrevivir en una selva de cemento como lo es Bogotá. Una capital con un aproximado de 8 millones de habitantes, 8 millones de historias humanas, la cual es el escenario de una novela atribulada y desgarradora de la que seguramente nadie desea hacer parte.

Muchos venezolanos cruzan la frontera día a día, buscando hasta la más mínima oportunidad de salir adelante, algunos caminando más de 560 kilómetros de distancia aproximada entre San José de Cúcuta, en el departamento (provincia) de Norte de Santander, hacia Bogotá D.C.; recorrido que difícilmente algunos soportan, pues son días enteros de padecimientos físicos hasta completar el trayecto. Jóvenes, adultos mayores y niños lo abandonan absolutamente todo en busca de su libertad y bienestar. Otros tantos eligen destinos no tan apartados de la frontera de Colombia con Venezuela, esto con el objetivo de no hacer de su pesadilla una tortura más larga y difícil de sobrellevar.

La mayoría de los venezolanos huye hacia el interior del país con el objetivo de llegar hacía Bogotá, agotados, sometidos a extensas jornadas de sol y lluvia, calor y frio, hambre y sed, cargados no solo de equipaje y fatiga, dolores óseos y musculares, sino también de optimismo y confianza. Pero la realidad que aquí les espera se encuentra muy alejada de sus expectativas y de esos tantos sueños tejidos antes de hacer la maleta. Para nadie es fácil abandonar su familia, su casa y su hogar, dejando su pasado atrás y empezar de cero, lejos de sus seres queridos. A la mayoría le es fácil criticar y juzgar, pero no es simple estar del otro lado de la raya y ser el protagonista de algo tan complejo como lo es el desplazamiento, sea interno o transfronterizo.

Aproximadamente 665.665 venezolanos se encuentran de manera ilegal en el país, y unos 742.390 en condición legales, con cedula de extranjería y permiso para trabajar. Parte de los venezolanos que están en el país trabajan legalmente con todas las prestaciones sociales y otros trabajan bajo cuerda en empresas, no obstante, la gran mayoría viven trabajando en el transporte público vendiendo dulces, otros mendigan en las calles, y cómo no, unos deciden delinquir. Un ejemplo de lo anterior es que, en los primeros meses del año de 2018, el número de capturados fue de 407, mientras en lo corrido de este año van 1.489, lo que representa un aumento del 266%, eso sin contar el número de personas que no denuncia haber sido víctima de hurto y los denuncios que no prosperan en los juzgados.

Lo anterior da argumentos para muchos colombianos que se quejan de la migración. La mayoría no disimula su inconformismo y desagrado frente al tema, protestan y reclaman que un aproximado de 1’408.055 venezolanos abandonen Colombia y regresen a su país, sin recordar que esta es la oportunidad para devolver el favor que el pueblo venezolano le hizo a casi 2 millones de colombianos que abandonaron todo para convertirse en desplazados transfronterizos yéndose a vivir a Venezuela huyendo de la guerra interna que vive Colombia.

Lamentablemente el problema es más profundo tanto para venezolanos como para colombianos. Para nadie es un secreto que la situación económica, política y social de Colombia no es la mejor. La mayoría de los connacionales de zonas apartadas del país, donde la violencia brota como el césped en la tierra, se desplazan hacia Bogotá, buscando al igual que los venezolanos oportunidades de trabajo y calidad de vida, no obstante, aquí no hay ni de lo uno ni de lo otro. La informalidad laboral es la reina de las calles, muchas personas viven del rebusque, de las ventas callejeras de comida y mercancía,la guerra del centavo es el panorama más habitual y constante en las corrientes de cemento que cruzan y atraviesan la geografía capitalina. Bogotá es la ciudad con más venezolanos (313.528), seguida de los departamentos de Norte de Santander (185.433), La Guajira (163.966), Atlántico (125.075) y Antioquia (112.745), por esta razón la mayor parte de las historias y homicidios de venezolanos se encuentran en la capital.  Y sí, tal cual sucede en la ciudad capitalina, sucede a lo largo y ancho del territorio nacional de Colombia, aunque repito, en mayor medida. Nómadas en busca de oportunidades con resultados nefastos y desalentadores.

A todo lo anterior hay que sumarle que no existe una regulación por parte del Ministerio de Trabajo de Colombia, el cual debería verificar la integración laboral por parte de la mediana y pequeña empresa y en general por todo el sector comercial a la hora de contratar venezolanos, garantizando que dicho trabajador devengue y reciba todos los beneficios que la ley exija. Muchos empleadores se aprovechan de la necesidad de los venezolanos para contratarlos sin prestaciones sociales, pagarles la mitad (o menos) del salario mínimo que un empleado colombiano, por ley, debe devengar. Dentro del marco legal económico en Colombia un trabajador tiene derecho a un salario mensual de 828.116 pesos, unos USD$248 dólares, con una jornada laboral de 48 horas semanales. El salario, que de por sí ya es poco teniendo en cuenta el alto costo de vida que existe en Colombia, es como jugar a los juegos del hambre, donde el reto es aguantar todo un mes con una suma tan irrisoria e insuficiente, en grupos familiares de hasta 5 personas. El colombiano ve al venezolano como un enemigo que le quita su empleo, su derecho a la salud y el cupo escolar al que su hijo tiene derecho. Por esta situación en gran parte de los negocios se encuentran trabajadores venezolanos, lo que genera un caldo que cultiva la violencia entre estos dos.

 

Oportunidades del Venezolano en Colombia

El venezolano que llega a Colombia, básicamente puede caer en 5 caminos:

  1. Cuenta con suerte y logra ubicarse laboralmente dentro del marco legal, mitigando así su situación precaria y de necesidad.
  2. Logra ubicarse laboralmente fuera del marco legal, devengando un salario inferior al colombiano, logrando así medio sobrevivir.
  3. No logra conseguir empleo, sin embargo, vende dulces o comida en el transporte público de la ciudad en la que se encuentre, viviendo así del rebusque del cual viven 3 millones de colombianos.
  4. Caen en la mendicidad.
  5. Deciden ser parte de grupos delincuenciales.
  6. Mujeres caen en la prostitución.

Ampliando el punto 3, una de las maneras más comunes de generar ingresos en Colombia es mediante las ventas callejeras o en el transporte público. Por dar un ejemplo, día a día encontramos centenas de personas en los diferentes vagones del Transmilenio (el irrisorio sistema de transporte de Bogotá) realizando ventas de dulces, galletas, cartillas, bolígrafos, etc., otros compartiendo sus historias de vida o simplemente mendigando; todos con el fin de producir algo de dinero para cubrir sus tantas necesidades. Colombianos y venezolanos compiten por el que más pueda vender, pues ya no hay billetera que alcance para colaborarles a todos ellos. Algunos de los vendedores tienen suerte y pueden hacerse más de 10 dólares al día, trabajando desde las 7 a.m. hasta las 6 p.m., mientras otros tienen el infortunio de hacerse menos de 3 dólares al día. De sus pocos ingresos diarios deben cubrir un hospedaje y una comida, porque el dinero no da para más.

Ampliando el punto 4, muchos venezolanos (al igual que muchos colombianos) acuden a pedir monedas en cualquier espacio público de la ciudad, mujeres, hombres y niños hacen parte del panorama mórbido que visualizamos a diario. Suplicar por cualquier peso que a la larga sumando con otros se convierta en un plato de comida y en la seguridad de poder pasar la noche en un techo que proteja de la lluvia y el inclemente frío. Finalmente ampliando el punto 5, la delincuencia también hace parte de este set de problemas, pues muchos ante la difícil situación de conseguir un empleo digno, o bien por apostarle al dinero fácil, deciden formar grupos delictivos dedicados al robo a mano armada, o al microtráfico, o también ser parte de bandas organizadas ya existentes por los mismos colombianos, donde abren vacantes para ser ocupadas por estas personas que deciden ser parte del hampa. Por su parte, un gran número de venezolanas no tiene otra opción que inmiscuirse en la prostitución, una labor denigrante (por las condiciones en que ellas tienen que hacerlo), arriesgando su integridad física por parte de un cliente o bien de una prostituta colombiana que tenga el interés de ‘limpiar la zona’ en la que trabaja. La prostitución en Colombia y otros países tercermundistas, es una decadente industria callejera donde no solo se genera dinero sino riñas y enfermedades venéreas.

Y… ¿Dónde viven?

Para el imaginario popular, tanto colombiano (el colmo), como el extranjero, hay gente que cree que los venezolanos viven en zonas exclusivas estratificadas donde sus viviendas cuentan con una buena dosis de vida digna: servicios públicos, seguridad, zonas verdes donde ir y jugar los fines de semana. Nada más lejano a la realidad. La mayoría de los venezolanos viven en lugares maltrechos y prolijos donde no existe un mínimo de dignidad. En Bogotá, por dar un ejemplo, la mayoría vive en el centro de la ciudad, entre las localidades de Mártires, Antonio Nariño, San Cristóbal, La Candelaria y Santa Fe; localidades donde se mueve un negocio muy rentable, los llamados “Hoteles de la Miseria”, lugares indeseables y deplorables donde no solo conviven venezolanos, sino también habitantes de calle colombianos, habitaciones para la prostitución, casas de pique y lugares donde consumir estupefacientes. Rodeados de droga, vicio y alcohol, plagas como ratones, peces de plata, pulgas y chinches, muchos menores de edad tienen que convivir por la difícil situación económica de sus padres. Estos lugares tan lamentables son ocupados por un valor aproximado de 1 dólar o 3 por mucho la noche, lugares que desde luego son habitaciones compartidas.

A otros simplemente ni para eso les alcanza y se ven obligados a improvisar una cama en el asfalto de concreto, un pequeño espacio que les permita descansar bajo el frio inclemente de la noche, y eso, si la lluvia no hace presencia en la dura capital; temiendo que las autoridades los encuentren, pues estos en muchas ocasiones se ven obligados a sacarlos del sitio donde estén durmiendo. Venezolanos que en la calle se juegan la ruleta rusa de vivir o morir junto a otras decenas de colombianos en las calles capitalinas, pues como cuenta María Soledad Rico Sanín, en su libro “El delito de existir”, en las noches muchos habitantes de calle y desgraciados que tienen el infortunio de tener que pasar la noche en la calle, pueden ser víctimas de grupos ultraderechistas como neonazis, o grupos de jóvenes (hijos de grandes multimillonarios colombianos) con el gen de la maldad que deciden recorrer la ciudad golpeando, incinerando y asesinando a los desdichados por ser “plagas sociales”.

 

Un triste epílogo

Tras todo lo anterior narrado, podemos llegar a la conclusión de que ninguna persona deja su familia, su tierra, su hogar por capricho, pues independientemente de lo desapegados que seamos unos, todos tenemos unas raíces que pretendemos conservar, finalmente son la esencia de nuestras vidas, nuestra identidad, nuestro ser. Sólo quienes se sienten vulnerados o en situación de peligro, huyen y emigran hacia otro lugar. Es inhumano vivir bajo las condiciones tan desmedidas que viven muchos venezolanos, condiciones paupérrimas donde muchos niños hacen parte del panorama. Almas que vagan sobre ríos de miseria y dolor, atrapados y arrastrados por esto que se llama vida. Aunque la empatía nos haga humanos, es desmoralizante como muchos de los que se consideran como tal, están en contra de la migración venezolana tachándola como ‘plaga’ o ‘desdicha social’, gente que es la primera en estar en una iglesia replicando las enseñanzas de Jesucristo.

El objetivo del artículo fue el de dar a entender la extrema situación ajena que viven esos pobres hombres, mujeres y niños que, por azares del destino y el mal gobierno de un pelele como Nicolás Maduro, sin dejar de contar la intromisión de los estadounidenses, tienen que vivir.  Es necesario ponerse en los zapatos del otro y ser compasivos, aún más el colombiano quien fue víctima del desplazamiento transfronterizo por una guerra estúpida que ha dejado más de 250.000 muertos desde los años 50’s. Como colombiana no me gustaría ser juzgada o señalada en ninguna parte del mundo por el solo hecho de portar un pasaporte, un acento, un idioma en particular y mucho menos por la historia de mi país.

 

-Ángela Zalamea

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