EN TUS OJOS

EN TUS OJOS

                        EN TUS OJOS
Ya son cinco años, y aún me duele la forma en que terminamos nuestra historia. Todo ha sido un océano de incertidumbre y memorias que han quedado marcadas en el calendario. Un enfrentamiento que cuando he pensado, llegará a su fin, vuelve renovado y con más fuerza.  Ha sido también, como un proceso sin principio o desenlace. Los recuerdos se unifican, estallan y se dispersan. Un día pueden sólo ser un par, otro un millón. Recuerdo por ejemplo: la primera noche al intemperie de tu patio trasero, seguida de la cena que amablemente ofreció tu madre. Recuerdo el hoyuelo en tu media sonrisa, esa noche fría de Septiembre, y tú tratando de hacerme ver bien a los ojos de tu familia.  Recuerdo, no, vivo la tenuidad de la habitación en la que dormimos (era por cierto, la habitación de tu madre). Aquí es donde las dimensiones de lo ocurrido se vuelven una supernova. La rutina y nimiedad de los días son complicadas de sobrellevar cuando se sigue viviendo a ratos, los ratos de infinita dicha. Entonces discutiste con tu madre, discutiste con ella porque yo estaba agotado, en realidad y sin saberlo, decidimos que así debía parecer. Escuchaba desvergonzado,  desde el primer y suave contacto de tu cama.
-No Carina, levántalo y ofrécele el sillón. Nada más falta que te quedes con él. ¡Lo acabas de conocer!
-Madre, no hay otro lugar. Está demasiado cansado como para despertarlo. No debemos ser mal educados. ¿Qué crees que haríamos? Estás tú y la familia. 
       Seguía escuchando a medio dormir. Y cuando tu astucia hizo conceder a tu madre, literalmente sentí una ligereza en todo mí alrededor. Tenías el deseo de compartir tu cama con un sujeto al cual tenías poco de conocer,  además poco agraciado y a leguas con porte de ser un  don nadie. Eso sólo quería decir dos cosas; primero, que tal vez tenías el poder de enamorarte en esencia, como lo llaman ilusamente; a primera vista. O más bien; que osas meter a todas tus citas, en la atmosfera de tu hogar, con la ligereza de tu persona. Sea cual fuere la razón, dormimos. Dormimos violando normas familiares, sociales y del destino. Podría ser que exagero en mis deducciones, pero, ¿De qué otra forma se puede explicar aquellas fallas de la posibilidad?
       El claroscuro de aquellas imágenes todavía trastorna mis pensamientos. Eras tan grande e imposible, pero cabías en una recamara convencional, medías lo que el origen universal, pero te redujiste a acorrucarte sobre mi brazo. Creo que acaricie tus senos, tus piernas y no más. A pesar de todo, había un respeto que debíamos guardar. Así fue, ha sido, es y será. Pienso en que si el tiempo es un acuerdo que existe entre las personas por su capacidad conceptual y dimensional de crearlo; también podríamos tener el poder para detenerlo. Pero nunca será así, o al menos nadie sabe si es posible. Mucho menos lo he podido saber yo. El tiempo se esfuma como el vapor de cada taza de té.
       Despierto aun despierto, y me veo en un lugar que por más conocido que sea no es el mío. Recuerdo que estás lejos, que son ya cinco años y tres meses. Que ahora has olvidado toda vivencia con quien no logra adaptarse a un sol que no refleja lo límpido de tus retinas. Ni a una lluvia sin el fresco de tu epidermis. Hay que lidiar con la depresión contenida dentro, y mostrar un falso ánimo en todo momento. Todo corre y se manifiesta indiferente a lo que hay en el interior. Todo eso a lo que llaman realidad, contiene todas las formas que pudieran existir. Desde las guerras frías –aquí en la tierra- que desean ponerse activas, hasta la estrella Clauzerion a punto de estallar cuando una raza parecida a la nuestra no ha sido capaz de crear tecnología que le salve de su extinción. Allá, a unos 250 915 000 000 000 de años luz de la tierra.
      Entonces otra vez empañas todo con tu poder radioactivo, bañas las calles de tu presencia. El viento existe porque tú necesitas respirarlo, le creaste con el simple motivo de compartirlo al mismo tiempo con personajes como yo y todos los demás que existimos. Eres benévola así como bella. Suspiro.
Salgo deprisa camino a la escuela, y ahí estás, en los cabellos rojizos de una niña de secundaria. Pienso en que quizá fuiste muy pretendida y popular en tus días de colegio, así voy a esos días que no conozco. Te veo en un pasillo esperando clase, con Claudia, tú y ella se pasean hablando de Jesús, el muchacho que me contaste fue el único que destrozó tu corazón alguna vez. Ahí estoy, observándote sin poder manifestarme. La cabeza y sus funciones creativas son fuertes, pero no más que las leyes de esta dimensión obtusa.
 Regreso al presente realista porque una señora me pide permiso para sentarse. Ya no vuelvo al recuerdo fantástico en que estaba. Hay que trasbordar al siguiente pesero. Saco un libro de historia para ocupar mis pensamientos en algo más que en ti.  La economía mexicana en la época  de Juárez. Leo:
       “Si la existencia de  Benito Juárez no hubiera rebasado los veintisiete años, su nombre no aparecería en ninguna historia por más local que fuese. Él entró en la escena nacional casi cincuentón y se mantuvo allí, en plan de primera figura, los diecisiete últimos años de su curriculum vitae”.


 Veintisiete. Tengo veintiséis y no he entrado en la escena de ninguna forma. Me agrada la licenciatura que estudio, pero las artes en México parecen ser de papel, y no de un papel para dedicarse a escribir precisamente. Cuando te dije el nombre de la carrera, Creación Literaria; dedujiste como todo mundo que no había futuro alguno que perseguir. Quisieras que hubiese dicho Ingeniería en algo, para sostener la idea de que alguna vez cumpliría como hombre en todo aspecto. Como el hombre moderno que se traga el mundo a costa de su dignidad, pero que gana bastante bien. Lastimosamente nunca pude haber sido así. Te lo dije, siempre trate de ser honesto… Era una de las últimas tardes que reparábamos en las gradas del deportivo a unas calles de tu casa. 
-Bueno, y, ¿qué piensas hacer después de concluir tu carrera?
   Entonces yo sabía que eran los tiempos cruciales de nuestra frágil historia. Quise desafiar tus preguntas con las respuestas más hilarantes. Porque nunca me gusto esa idea de competir por tu cariño. Si había mejores partidos, yo mismo habría de ser quien te orillará a tomarlos. 
-Pues nada. Supongo que buscaré un empleo que tenga que ver con lo que estudio. Y seguiré con otra carrera tal vez. O más bien trataré de hacer el examen para acreditar como docente, tal vez.
-¿Tal vez? Creo que sería bueno que comenzaras a pensar en eso. 
-Sí, tal vez. ¿Cómo puedo asegurar lo que haré? No sé si mañana pueda tener la salud que tengo ahora. Además, ¿a qué viene este  interrogatorio? ¿Te vas a casar conmigo o qué? 
      Pusiste cara de enfado porque no escuchaste lo que querías. Pero fui honesto hasta conmigo mismo, no podía prometer nada. Lo único seguro desde el primer día, era mi profunda inseguridad. Inseguridad de que me pudieras querer realmente. Inseguridad que se almacenaba en mis vacíos bolsillos.
      Ahora estoy por  concluir la carrera y me alisto para ser admitido en la maestría. Todo en parte gracias a ti. Porque en ese momento no creíste que podría. Y también porque repudiabas en el fondo mis ideales y proyectos. Aunque no hay culpa, ni yo mismo me creía nunca.
 Dije mis proyectos, mismos que han quedado rezagados por el desazón que dejo nuestra despedida. Debieron ser nuestros. 
     Casi llego a la universidad, y como cada día aquí o donde quiera que esté, no he podido superar que no hayas decidido acompañarme. Ha habido situaciones en las que te llegué a necesitar de tal manera que pensaba desvanecerme en medio de las tempestades. Asistí a un par de bodas y a un funeral, y a pesar de saber que con seguridad ya tenías otro modo de vida alejado de lo que vivimos; todavía reprochaba que no hubieras decidido quedarte a conocer mi mundo un poco más. Creo que siempre minimizaste lo que yo era, y había razones para que lo hicieras así. Ahora me gustaría tanto saber lo que pasaba por tu mente cuando te ofrecí conocer el modesto lugar en que habitaba. Ese día estabas demasiado triste porque habías discutido con tu familia, las razones nunca las pregunté, pero te veías decidida a dejar atrás aquello que te aquejaba, y comenzar donde quiera que fuese. Creo que hasta habría pasado por tu cabeza la idea de empezar de cero conmigo. Creo.
     Te esperé en metro Oceanía como habíamos acordado, había que transbordar hasta Pantitlan y de ahí a la línea A. Mientras observaba la panorámica del conocido Peñón de los Baños, veía pasar un tiempo que se esfumaría más rápido que nada en el mundo. Esperarte era extraño y absurdo, como casi todo lo que pasamos juntos. Nunca me acostumbré a compartir una parte de mi vida con una persona tan distante a mi estatus social. Estabas destinada a cosas grandes, y si no era así, te encargabas de buscarlas. Yo no era más que uno más de los nacidos entre la peste de los arrabales al oriente de la ciudad. Con fortuna no sucumbí a los vicios de los que se alimenta mucha de mi gente. Carina, oh Carina, si supieses lo difícil que es salir de todos esos estereotipos. 
      Cuando llegaste esa tarde, te aferraste a mis brazos como nunca te habías aferrado. A leguas se te notaba  airada por lo que sea que pudo haber pasado en tu casa. Tu casa.
-Mi madre me pidió que me saliera de mi casa. –murmuraste llorando-. Yo sólo te consolé diciéndote que todo iba a mejorar. 
      Había en ti un aire de curiosidad y entusiasmo por conocer la casa donde rentábamos mi madre, hermanos y yo. Y así fue como conociste la carencia que emana de los extractos más carentes. Conociste a lo más lindo que siempre hubo en mi vida. Mi madre, quien ese día tenía los típicos dolores de columna que acarreaba hace muchos años atrás. 
    Compartiste, no la mesa; sino un escritorio rodante, donde comimos el caldo de pescado que había cocinado mi madre. Cuando terminamos de comer, quisiste ir a conocer el barrio. Paseamos por el mercado y  las calles cercanas, había un cine a unos cinco minutos, pero yo estaba sin un quinto en los bolsillos. La tarde comenzaba a perecer y quisiste regresar a mi casa sólo para despedirte como era debido. Tomabas tus cosas y de la nada comenzaste a besarme con angustia. Había que ser cautelosos, pues a comparación de tu casa, allí las tres habitaciones de las que se componía el lugar, no aseguraban la privacidad necesaria. 
-Ojala pudiera quedarme-. Los dos sabíamos que no hablabas en serio. 
-Pues quédate, no tengo lujos pero puedes quedarte en mi cama. – continué el juego. 
-En verdad estaría muy lindo, pero no quiero más problemas por ahora en casa, así que tengo que volver ya.
Aquella fue una de esas ocasiones en que ya visualizaba la conclusión de todo eso, "lo nuestro". Íbamos camino a que tomaras el tren suburbano, parecías tan contenta aún, tal vez sí te alegró conocer mejor mi mundo, pero los dos sabíamos que ese día fue un examen para rectificar que no estabas hecha para eso. Hecha para mí.
     Me paso por dos calles a la hora de bajar del pesero. Algo normal a la hora de estar recordando.  Este día creo haberlo percibido alguna otra ocasión. El sol refleja su fulgor en todo lo visible aquí, además hace un calor parecido… Ah, claro, fue un día que jugábamos con el balón de football americano, balón que por cierto te adueñaste. Me pregunto si es que aún lo ocupas por algún fallo en tu rutina o si ya quedó varado sin aire entre los almacenes de tus cosas olvidadas. Me pregunto si puedes ocupar un minuto por cada mes que yo ocupo en recordarte… Si detienes tu camino y te preguntas qué estaré haciendo, si seré menos o más feliz que cuando estabas. Llego a la universidad a seguir el ensayo de una vida que es mero trámite. No paso de ser un hombre al que se le van las horas y es experto en parecer un fracasado. ¿Pero qué es lo que determina que seas uno? El no ambicionar un gran puesto ¿verdad?, si por eso terminaste conmigo, creo que los dos salimos ganando. Pero por otro lado…
-¿Que tanto piensas? Te estoy hablando. ¿Ves algo? Me arde el ojo, ya no jugaré contigo. 
-No tienes nada. Sólo que es demasiado bonito al igual que el otro.
         Por fortuna todavía no ocurren esos días de olvidarte. Y en cambio puedo esperar a ver tus ojos de cerca, en la tranquilidad de tu cama,  una noche más. 

 

Gc

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