¿Cómo suena tu ciudad?

¿Cómo suena tu ciudad?

En medio de la contaminación auditiva que se siente en las grandes ciudades y en general donde haya vida, se evidencia otro tipo de estrés que no precisamente lo genera las bocinas vehiculares, el susurro y gritos de las personas o el bullicio de las calles, pues detrás de toda esa explosión de sonidos se combinan otra serie de exclamaciones sin voz que en la mayoría de los casos desean ser escuchadas. Hace poco asistí al IV Encuentro de Bogotanólogos, una iniciativa juvenil concertada por la Alcaldía Mayor de Bogotá con la participación de la comunidad universitaria de la ciudad, en donde el tema central del mismo, fue el de “cómo suena la ciudad”.

Pude disfrutar de las diferentes ponencias y conceptos de quienes participaron, pero entre tantas cosas agradables que escuché pude ver que ningún estudiante tuvo en cuenta algo tan importante que para mí es más que evidente y perceptible: “la tristeza”. Todos hablaron del ruido y del bullicio, no los culpo, ¿pero alguna vez nos hemos preguntado qué hay detrás de todo ese carnaval de escándalo y algarabía?

Y eso precisamente fue lo que me inspiró a escribir este corto artículo para ustedes.  Intentar percibir eso que para muchos quizás no existe; tal vez no sea sencillo, pero si aprendemos a escuchar con todos los sentidos, entonces seremos capaces de entender que las emociones, por mas etéreas que sean, son tan palpables como una hoja de papel entre las manos. Quiero hablarles de la otra Bogotá, la Bogotá sin voz, una capital con un aproximado de 8 millones de almas que se contrastan entre luz y color, y otras más a punto de extinguirse.

 

La mendicidad

Nuestra capital, cuenta con un alto índice de pobreza, flagelo que evidentemente no hace feliz a quien la sufre y la padece; muchas personas viven de la mendicidad, un tanto de ellos se pierde en las calles y el consumo de estupefacientes, otros tantos luchan día a día por sobrevivir, pero a la larga todos ellos son parte de lo mismo, de los excluidos. Desde luego este flagelo no solo sucede en las grandes capitales del primer mundo, como tampoco sucede solo en las capitales de países tercermundistas como Bogotá, esto sucede en todas las sociedades alrededor del mundo y sucede tan a menudo, de manera tan recurrente que casi se podría considerar que la mendicidad nos toca a todos.

En Brasil 13 millones de personas vive en la absoluta pobreza, un 6,5 % de ellas vive en condición de mendicidad e indigencia. En Argentina, donde hace algunos meses se hizo público el índice oficial de pobreza correspondiente al primer semestre de este año, se evidenció que la pobreza se elevó al 35,4%, lo que equivale a 15,8 millones sobre una población de 44,6 millones; de los cuales 4,6%, según estadísticas del 2016, viven en condición de mendicidad e indigencia.

Así llegamos a la difícil conclusión de que el hambre, la necesidad y la tragedia tienen voz propia y suenan tan fuerte como el estruendo de un estallido, pero aun así la indiferencia tiene el poder de apagar miles de voces. Entonces algunos se cuestionarán, ¿qué obligación tenemos nosotros de llenar escuchar o bien, llenar los bolsillos rotos de quienes mendigan? Respuesta que evidentemente no puede ser generalizada y debe hallarse en el interior de cada uno de nosotros. Lo realmente importante que debemos reconocer en todo esto es que estas voces de necesidad también son parte del escenario de la vida. No siempre se llora de tristeza o se ríe de felicidad, no siempre las cosas son como creemos o pensamos.

Bogotá no duerme, porque siempre habrá en el asfalto un mendigo, un reciclador, un habitante de calle o una persona que no puede conciliar el sueño bajo el frio inclemente de la noche. Todos aquellos mendigos con o sin vicios, respiran, sueñan y viven como cualquiera de nosotros, sin importar el capricho del destino que produjo que vagaran en este mundo sin esperanza alguna.

 

La pobreza que no es evidente

Todos en algún momento hemos visto la pobreza de lejos o de cerca, y el concepto que tenemos acerca de ella es muy claro y especifico. No obstante, la pobreza no tiene voz, ni forma y figura definida, pues hay pobreza que no podemos detectar con el sentido auditivo y/o de la vista. Esta pobreza que no es tan evidente suma muchas víctimas en todo el mundo; esa pobreza de quienes viven de apariencias y no se atreven a admitir su declive sea económico o social por el miedo al que dirán. Pobreza que genera que estos individuos se ahoguen a escondidas en una sociedad que, de saberlo los marcaría, clasificaría y juzgaría. Gente que sufre y llora en medio del sigilo y la penumbra de una vida rodeada de ilusión.

 

Aflicciones mentales y emocionales

Miles de almas perdidas, se refugian en las drogas legales e ilegales (medicamentos), en el alcohol y otro sinnúmero de distracciones para su mente y aflicciones. Algunos conscientes y otros no tanto, pero al final sufren en silencio y callan su tristeza por ese absurdo tabú que les impide expresar sus emociones por miedo a ser calificados como maniacos o bien exagerados. Adultos, jóvenes y niños que padecen depresiones y trastornos mentales y del alma que, aunque no manifiestan su impotencia, rabia, dolor o inconformismo en ruidosos coches, música o fiestas, se perciben en la atmosfera que respiramos como corrientes de aire que retumban en el tacto como un escalofrío y en los oídos de todos aquellos que tenemos un poco de sensibilidad.

 

Escucha bien

Somos huéspedes de un mundo en donde la rutina nos consume y nos agobia. Vivimos en modo automático casi las 24 horas del día; prácticamente no somos conscientes de nada, pero esa realidad paralela se encuentra ahí todo el tiempo, muchos expresan su tristeza y su desconsuelo omitiendo las palabras porque sencillamente sus voces se han apagado, la misma sociedad ha callado sus pensamientos.

El rechazo y la indiferencia tienen más poder de lo que podemos imaginar. Seamos más humanos, no podemos fingir que todo está bien cuando los hechos hablan por sí solos, estas voces no pueden ser sepultadas, aprendamos a escuchar con los sentidos de la bondad, pues, aunque lo nieguen, todos tenemos un lado humano que debemos potenciar.

Escucha bien y debate para ti mismo, ‘¿cómo suena tu ciudad?’.

- Ángela Zalamea

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